CANÍCULA... (9)
9.
Es extraño, pero en días como aquel en los cuales el cerebro se me secaba por la acción del abundante etanol ingerido, lograba recordar cosas que hacía mucho tiempo no asomaban por mi conciencia. Siempre atribuí esta rareza como un último grito de esas neuronas que, angustiadas en su fin, querían volcar sus nimios contenidos en una lucha desesperada por ser rescatados.
En aquella ocasión fue una escena infantil en el colegio. Entretenido con un dibujo en mi cuaderno, la profesora apareció repentinamente por atrás y me preguntó:
- ¿Qué es eso que dibujas, Julián?
Fue como si me despertara de un sueño, porque ni tan siquiera estaba prestando atención a lo garabateado en mi block. Cuando lo miré detenidamente había dibujado una especie de vértice tridimensional hacía el que se dirigía una nave espacial. No sé a cuento de qué se me ocurrió aquello. Era un desvarío total que precisaba una urgente justificación, imprevista incluso para mi:
- Un viaje… Un viaje que haré cuando sea mayor y sepa lo suficiente para descubrir el Secreto… el Gran Secreto.
La profesora no pudo más que reír levemente, tras lo cual me mandó cerrar el cuaderno agitándome suavemente la cabeza.
Hacía mucho que no se pasaba aquello por mi mente. Pero tras recordarlo volví a experimentar una sensación de desasosiego como si tuviera más significado que ser la vulgar escena de un niño ensimismado. Quizá fuera porque también en aquellos momentos, más que viajar, lo que quería era escapar… huir. Deseaba hundirme desnudo en la nieve antártica y morir congelado, acallando ese terrible dolor que oprimía mi frente. Pero los deseos, como bien es sabido, siempre surgen como algo que nunca pueda ser cumplido.
Es extraño, pero en días como aquel en los cuales el cerebro se me secaba por la acción del abundante etanol ingerido, lograba recordar cosas que hacía mucho tiempo no asomaban por mi conciencia. Siempre atribuí esta rareza como un último grito de esas neuronas que, angustiadas en su fin, querían volcar sus nimios contenidos en una lucha desesperada por ser rescatados.
En aquella ocasión fue una escena infantil en el colegio. Entretenido con un dibujo en mi cuaderno, la profesora apareció repentinamente por atrás y me preguntó:
- ¿Qué es eso que dibujas, Julián?
Fue como si me despertara de un sueño, porque ni tan siquiera estaba prestando atención a lo garabateado en mi block. Cuando lo miré detenidamente había dibujado una especie de vértice tridimensional hacía el que se dirigía una nave espacial. No sé a cuento de qué se me ocurrió aquello. Era un desvarío total que precisaba una urgente justificación, imprevista incluso para mi:
- Un viaje… Un viaje que haré cuando sea mayor y sepa lo suficiente para descubrir el Secreto… el Gran Secreto.
La profesora no pudo más que reír levemente, tras lo cual me mandó cerrar el cuaderno agitándome suavemente la cabeza.
Hacía mucho que no se pasaba aquello por mi mente. Pero tras recordarlo volví a experimentar una sensación de desasosiego como si tuviera más significado que ser la vulgar escena de un niño ensimismado. Quizá fuera porque también en aquellos momentos, más que viajar, lo que quería era escapar… huir. Deseaba hundirme desnudo en la nieve antártica y morir congelado, acallando ese terrible dolor que oprimía mi frente. Pero los deseos, como bien es sabido, siempre surgen como algo que nunca pueda ser cumplido.
