CANÍCULA.....(6)
El Sueño.
“Acaba con el Mundo antes de que el Mundo termine contigo...” resonaba aquella noche en mi desquiciada cabeza, que se encontraba buceando en una amarga sima, antes de quedarme dormido…
Recuerdo como sumido en un desquiciado sopor, semiconsciente, mientras la mezcla de hiel, nicotina y punciones intracraneales me llevaba lentamente a un olvido vacío donde la identidad se disolvía, traté de agarrarme a algo físico repasando las llagas que la sed había abierto en mi boca… Intenté pronunciar algún sonido que me rescatara de una renuncia que resultó imposible al comprobar que era la única muda salvación de aquel momento en que caía… Y poco a poco, la densa atmósfera plomiza de humedad asesina, tan cargada de sudor como una rancia sauna de orines, me sumergió en un estado ausente sin tiempo…
Desperté y reconocí mi habitación. La oscuridad me aterró tanto que rápidamente busqué el interruptor de la lamparilla de mi mesilla. Pero al pulsarlo repetidamente no se encendía. Palpando la pared, asfixiado por el pánico, llegué a las llaves de la luz de la habitación, pero tampoco logré encenderlas. De repente, caí en la cuenta de que me había alejado demasiado de la cama. Que antes no se encontraban tan lejos. Y fui consciente de que en realidad no había despertado. Estaba dentro de un sueño.
De nuevo me encontraba en la cama. Una ínfima luz exterior definía los contornos de la habitación. Todo parecía en orden. Hasta que un hedor insoportable me hizo saber que había algo informe descomponiéndose a pocos metros de mí. No podía mirarlo detenidamente o el miedo no me lo permitía. Comenzó un sonido infra-animal, parecido a como si millares de ancianos cerdos carentes de dientes intentaran devorar, no a dentelladas sino a sorbos, ese extraño cadáver. Y la repugnancia del tétrico olor era ínfimamente inapreciable frente al estruendoso babeo de sus desnudas encías...
La furia de un horror indecible me llevó a una volcánica desesperación, mientras el sonido de aquellos satánico comensales se hacía más y más intenso… Y así, apresado en el epicentro de aquella inmedible saturación, una voz sin procedencia exclamó: “dime, doloroso Fausto… ¿a qué llamas ‘Mundo’?".
“Acaba con el Mundo antes de que el Mundo termine contigo...” resonaba aquella noche en mi desquiciada cabeza, que se encontraba buceando en una amarga sima, antes de quedarme dormido…
Recuerdo como sumido en un desquiciado sopor, semiconsciente, mientras la mezcla de hiel, nicotina y punciones intracraneales me llevaba lentamente a un olvido vacío donde la identidad se disolvía, traté de agarrarme a algo físico repasando las llagas que la sed había abierto en mi boca… Intenté pronunciar algún sonido que me rescatara de una renuncia que resultó imposible al comprobar que era la única muda salvación de aquel momento en que caía… Y poco a poco, la densa atmósfera plomiza de humedad asesina, tan cargada de sudor como una rancia sauna de orines, me sumergió en un estado ausente sin tiempo…
Desperté y reconocí mi habitación. La oscuridad me aterró tanto que rápidamente busqué el interruptor de la lamparilla de mi mesilla. Pero al pulsarlo repetidamente no se encendía. Palpando la pared, asfixiado por el pánico, llegué a las llaves de la luz de la habitación, pero tampoco logré encenderlas. De repente, caí en la cuenta de que me había alejado demasiado de la cama. Que antes no se encontraban tan lejos. Y fui consciente de que en realidad no había despertado. Estaba dentro de un sueño.
De nuevo me encontraba en la cama. Una ínfima luz exterior definía los contornos de la habitación. Todo parecía en orden. Hasta que un hedor insoportable me hizo saber que había algo informe descomponiéndose a pocos metros de mí. No podía mirarlo detenidamente o el miedo no me lo permitía. Comenzó un sonido infra-animal, parecido a como si millares de ancianos cerdos carentes de dientes intentaran devorar, no a dentelladas sino a sorbos, ese extraño cadáver. Y la repugnancia del tétrico olor era ínfimamente inapreciable frente al estruendoso babeo de sus desnudas encías...
La furia de un horror indecible me llevó a una volcánica desesperación, mientras el sonido de aquellos satánico comensales se hacía más y más intenso… Y así, apresado en el epicentro de aquella inmedible saturación, una voz sin procedencia exclamó: “dime, doloroso Fausto… ¿a qué llamas ‘Mundo’?".
